Moka: el vapor sube el agua desde el fondo, en el café de especialidad argentino.
La moka la patentó Alfonso Bialetti en 1933 y sigue funcionando igual: la caldera de abajo se cierra
herméticamente, el fuego calienta el agua, y la presión del vapor que se acumula sobre ella empuja
esa misma agua hacia arriba, a través del canasto de café molido y por el tubo central hasta la
jarra. No hay bomba, no hay nada que regular. La única perilla es la hornalla.
En inglés se la llama a veces stove-top espresso, y esa es la confusión que las mediciones
deshacen. Cuando un grupo de la Universidad de Trieste y de illycaffè instrumentó una moka comercial,
encontró que la presión dentro de la caldera se mueve apenas por encima de una atmósfera (un orden de
magnitud por debajo de los nueve bar del espresso) y que la extracción empieza
bastante antes de que el agua hierva, cerca de los 90 °C, contra la creencia difundida de que hace
falta el hervor para que suba. Con esa presión no se emulsionan los aceites como en una máquina: la
espuma que aparece a veces no es crema y no se sostiene.
Lo que sí da la moka es concentración y cuerpo, y lo que la arruina es el apuro. Un fuego fuerte
acelera el paso del agua y deja el amargor quemado que se le suele reprochar al método; uno suave
alarga la extracción y la ordena. Las recetas de molienda y proporción varían mucho de una fuente a
otra (más que en cualquier método de filtrado) porque el equilibrio real lo fija el calor, que ninguna
receta puede escribir por vos.